Últimamente me estoy dando cuenta de que hablo demasiado. Tanto, que el mensaje que quiero transmitir, no llega. Parece ser que entre tanta verborrea y morralla, lo poco que debería decir en realidad, no cala.
Se me ha ocurrido hacer un ejercicio de hablar menos, y me está costando muchísimo. Sobre todo porque parece que estoy enfadada. Y sí, en parte estoy un poco enfadada, conmigo misma, porque hay un montón de cosas que digo, de las cuales luego me arrepiento.
Si es que todos deberíamos aplicar lo que reza aquel proverbio árabe: si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas. Pero soy dicharachera por naturaleza, y cuando no comento todo lo que se me ocurre me apago, siento que no estoy compartiendo mis pensamientos y me siento algo triste. A lo mejor es que el silencio me incomoda, quizás quiero huir de otros pensamientos y sentimientos más profundos. No lo sé. Tendré que experimentarlo para comprobarlo.
Otra cosa que estoy intentando practicar, es a no reaccionar inmediatamente, sino a detenerme unos segundos antes de hablar. También me cuesta una barbaridad. Sobre todo con mi pequeño. Desearía no decirle "cuidado", "te puedes caer", "no hagas esto o lo otro" y cosas por el estilo a cada rato. Pero es que mi lengua dispara antes de que mi cerebro llegue siquiera a reaccionar :-(
Difícil tarea me espera por delante, pero supongo que la práctica hace al maestro, y poco a poco me lo iré autoinculcando.
Reconozco los beneficios de estarse más calladita, creo que favorece la introspección y también el observar mejor el entorno y empatizar; y también va bien para darle más espacio verbal a los que son menos habladores que una. Pero por otro lado, me encanta hablar, y comentar cualquier minucia, por poca importancia que tenga.
Qué complicados son los términos medios...
